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Crecencio
lunes, 4 de enero de 2016
A un niño pequeño, M, no lo dejaban tener mascotas.
Su hermana, P, tenía un culo impresionante, matemáticamente perfecto, de un tamaño enorme, inversamente proporcional al de su cerebro. Y el único vínculo que sostenía nuestro romance eran mis feroces ganas de culearmela.
Sandra, la madre de ambos, era una perra exitosa que se la pasaba tomando margaritas en la cocina y hablando por teléfono.
Y sí, tenía el mismo culo que su hija.
- Mi mamá no me deja tened mascotas -dijo el pequeño.
- Si me contaron.
- Yo solo quiedo una todtuga.
Corrían las semanas y P aún no me daba la pasada. Caminé dirección a su casa a terminar todo y entonces vi al pequeño en el living, jugando con una pecera. Corrió hacia mi y me sentí bajo el ataque de un pequeño hombre esponja (o niño esponja). Entre sus pocos dientes caían cascadas de baba, mientras sus manos y mangas chorreaban y daban la sensación de que el niño esponja estaba lleno de agua, que paso a paso se deshidrataba, transformandose en un estropajo a medida que acortaba la distancia, dejando rastros de una bestia que se asoma con velocidad.
- Es mi mascota, se llama Baddy y bdilla en la oscudidad.
Aquél momento me perturbó. Mire hacia la cocina y el marco de la puerta me dibujó un cuadro renacentista, uno donde una mujer de ropajes caros y apretados hacía de balanza bajo un arco de medio punto, sosteniendo un teléfono de un costado y alzando una copa del otro, mientras se miraba en un enorme espejo que se alzaba al fondo.
- Tía.
- Espérame, gordito.
Habló unos minutos más y me miró por primera vez.
- ¿Dime?
- Tía, yo...
- No me digái tía, dime Sandra.
- Ya. Sandra, ¿Que tiene M en la pecera?
- Al Barry, su mascota.
- Pero eso es un juguete.
- No, gordito -rió-, no es un juguete, es un crecencio.
- ¿Los que crecen con agua?
- ¡Esoooooooo!, viste, no es lo mismo que un juguete.
- Pero no es una mascota.
- ¿Por qué no?, hay que darle agua para que crezca, como a una mascota. El niño le da comida, así que cada cierto tiempo hay que limpiarle la pecera, igual que a una mascota. Puede jugar con él, igual que una mascota. ¿Lo mejor?, es que nunca se va a morir, nada de traumas como cuando a la P se le murió ese hamster ... ¿Cómo se llamaba?, bueno, lo importante es que no se muere, y si le llega a pasar algo lo cambiamos por otro y listo.
- Pero, si se da cuenta ...
- Gordito: no se va a dar cuenta.
- Ya.
Subí a la habitación y ahí estaba P, con su culo maravilloso y su mirada transparente, ausente de pensamientos, carente de nociones sobre el bien y el mal, honesta y brutalmente vacía. Me acosté a su lado y tomé su mano.
- Mi mamá le dio un crecencio a mi hermano y lo puso en una pecera.
- Si -contesté
- Está enferma.
- No, no sé ...
- Tranquilo, no importa, supongo que todos en esta casa lo estamos. Hasta mi hermano, que lo único que hace es babear. Probablemente el crecencio sea el más normal de la familia y no sé si eso sea triste o no.
Entonces se abalanzó sobre mi y nos besamos hasta que la falta de sexo volvió a aparecer en mi mente e inventé una excusa para irme.
- Oye -dijo.
- ¿Ah?
- Te quiero -sonrió.
Caminé de vuelta hasta mi casa y no quise tomar ninguna micro.
Siguieron pasando las semanas y no supe si aún era ese culo lo que me llevaba a esa casa o el extraño mundo que componía su interior. Tampoco tuve claro si realmente sentía algo por P, pero me sentía bien estando con ella y cruzandome con su mirada desierta.
Cierto día nos besábamos en su habitación cuando escuchamos a M gritar. Bajamos a toda velocidad y lo encontramos en el patio, bajo el sol más fuerte que envió aquel verano.
- Oh, mierda -dijo P.
El niño esponja lloraba de rodillas y se deshidrataba de a poquito. Entre sus dedos, al mismo tiempo, algo que no era él se resquebrajaba. El polímero que alguna vez tuvo forma de tortuga y alguna vez se había llamado Barry sufría una lepra fulminante, causada por una larga exposición al sol.
- Quedía sacar al Baddy a caminad y lo dejé mucho dato y ahoda se mudió -dijo M, mientras lloraba.
P y yo lo intentamos consolar, sin mucho éxito. En algún punto llegó la zorra de su madre y le prometió a M comprarle otra mascota, pero el pequeño no respondió. Decidí marcharme y P me dijo lo mucho que había significado para ella que yo hubiera estado ahí, que de verdad sentía que me amaba. Salí corriendo y decidí no tomar ninguna micro. Vagué por montones de cuadras intentando llegar a algún lugar, caminando lo más lento que pude, sintiendo que me resquebrajaba. Miré al sol directo a los ojos, al mismo que había asesinado al pobre Barry, lo putié, juré venganza en nombre de todos los crecencios abandonados a la suerte de una tarde de verano y entonces me deshidraté, del mismo modo que el pequeño niño esponja lo hizo en el patio de su casa.
Algún día volví y me encontré con la pecera habitada por una tortuga, una de verdad, mientas el pequeño M estaba sentado en un sillón, sin decir nada y con una mirada similar a la de su hermana. Caminé hacia la escalera y me encontré en el marco de la puerta de la cocina, reflejado en el espejo gigante, formando parte del cuadro que el fantasma de una zorra había abandonado.
Entonces entendí que lo que destrozó al pequeño M no fue la muerte del crecencio, si no el descubrir que uno puede llegar a querer, e incluso amar a una mentira.
Terminé con P, esperando que no se resquebrajara cuando algún día la dejara al sol.
Decidí no volver a la casa de la gente esponja.
Salí por la puerta principal mirando al sol con respeto, preguntándome cuál era aquella mentira con la que yo me había llenado.
Y si, el Barry era el más normal,
el más normal de todos nosotros.Publicado por DAguito De Lefént en 20:48 | Etiquetas: El amor en los tiempos del ébola. | 1 comentarios | Enviar por correo electrónico Escribe un blog Compartir en X Compartir con Facebook |
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Instrucciones para armar al robot.
sábado, 2 de mayo de 2015
Ellos necesitaban un ensamblador.
Yo necesitaba el dinero.
Puede sonar vacío, o hasta falto de profundidad, pero es parte de las verdades que rondan el relato.
Sobre estas mismas verdades, se vuelve necesario señalar otra:
lo componen mentiras fundamentales.
Engaños que encandilan certezas.
Ficciones astutas disfrazadas de farol, aguardando silenciosas en la quietud de las esquinas.
Ellos necesitaban un ensamblador.
Yo necesitaba el dinero.
Así, sin tener claro cómo, me vi enredado entre un montón de piezas metálicas y un manual de instrucciones compuesto por trijillones de signos, dígitos e idiomas con los que me negué a coquetear.
Las partes del robot eran tantas o más que las mías.
Cualquiera, ante semejante cantidad, hubiera dudado de Dios.
Habría llegado a la inevitable conclusión de que su tarea fue ligera y de poca exigencia, que vinimos en cajas con letras grandes y coloridas, como juguetes para niños de 5 a 6 años.
Fue así como me compliqué.
Pasé noches de desvelo observando el reflejo de constelaciones completas en las extremidades metálicas.
Sufrí angustiosos temores cuando creí haber perdido él húmero izquierdo.
Agoté hasta mis últimas ganas conectando arterias de cobre.
A ratos, incluso, pensé que podría lograrlo.
Que existía un chance de que fuera un buen ensamblador.
Un buen algo.
Fue evidente, sin embargo, mi error en esas apreciaciones.
No era un buen ensamblador.
Ni un buen alumno.
Ni una buena pareja.
Ni un buen cineasta.
Ni un buen escritor.
Era un medio-todo, con un robot a medio armar, faltando una pieza fundamental a escasos días de la entrega:
El apéndice.
El componente inútil de la biología humana.
Lo anunciaba el manual: el apéndice viene por separado.
Gasté mis últimos pesos en comprar el puto apéndice, y esperé a que Ellos llegaran.
¿Recuerdan, entonces, cuando hablé sobre las mentiras fundamentales?
Resulta que jamás me compliqué.
No temí el extravío del humero izquierdo.
Me negué, rotundamente, a agotar lo poco que quedaba de mí cableando arterias y ventrículos metálicos.
Fui incapaz de imaginar un mundo donde fuera capaz.
Entonces dije a la mierda.
A la mierda los pronósticos.
Los casi.
Los aspirantes.
Los prospectos.
Las vías de desarrollo.
A la mierda.
Arranqué mi apéndice junto con todos los márgenes.
Me fui vaciando a fuego lento, colocando el apéndice en su lugar, ajustando las últimas tuercas entre manchas rojizas.
No logré contemplar su despertar.
Abrí los ojos, enfrentándome con mi creador, disuelto allí en el suelo sobre su sangre, susurrando una sonrisa victoriosa.
¿Recuerdan, entonces, cuando hablé sobre las mentiras fundamentales?
¿Los engaños que encandilan verdades?
¿Las ficciones astutas disfrazadas de farol?
Ellos nunca vinieron por mi.
Cargo un apéndice ajeno.
Un hombre apagado con una terrible fuga de plasma me hace compañía, sin darme respuestas.
Yo soy él Robot.
Él Casi Robot.
Aguardo con tristeza silenciosa.
Huérfano de expectativas en la quietud de mi esquina.
Entendiendo que no hay manual que vaya a darme explicaciones.
Rogando por mi creador, porque ahí en su suspensión haya llegado a las mismas conclusiones.
Y escribo, escribo despiadadamente desde mi alma o mis pies o mi estómago.
Con la certeza de que ningún manual ni libro ni sagrada escritura contiene las respuestas.
No de las que valen.
No las que te salvan.
No de las tuyas.
Aquellas solo las encontrarás escribiendo.
Aquellas solo vendrán desde ti.
Desde tu parte estúpida.
Tu inutilidad.
Tus entrañas.
Tu apéndice.
Solo así podrás avanzar sin volverte loco en el intento.
Solo así no te desangrarás por un poco de sueldo o amor
-o cualquier otro tipo de migajas-,
a contrarreloj.
Solo así, finalmente,
y de manera completa
podrás armar al Robot.
Y de paso,
a ti.Publicado por DAguito De Lefént en 14:31 | Etiquetas: El amor en los tiempos del ébola. | 0 comentarios | Enviar por correo electrónico Escribe un blog Compartir en X Compartir con Facebook |
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Freddy.
martes, 3 de marzo de 2015
a)Se desconoce la causa.Se habla de placer, cariño, necesidad, estática, e incluso, desde los más optimistas, de amor.Lo innegable, aquello que nadie puede desmentir, es que diariamente se reúnen en el suelo miles de cabellos caídos.Hebras vagabundas se entrelazan, enrollan, acarician y acoplan.Orgías velludas se arrastran desde el primer al último vagón.Cientos de bolas de pelos recorren los vagones del metro.Y la ciudad, por cierto, aún no se ha percatado de aquello.b)Al Freddy lo encontré un lunes.
Desperté en tinieblas, al fondo del carril, con un niño que intentó despertarme en la última estación.No lo logró, y fuimos a parar al final, ahí donde los trenes duermen y el metro se alimenta de pasajeros somnolientos y objetos olvidados.Las luces bajaron, el niño lloró, eventualmente abrí una puerta.Caminamos el andén estrecho a oscuras y escuchamos algo que parecía un perro.Algo que parecía un perro se abalanzó sobre el niño.El niño no grita, ríe.La extraña criatura le hace cosquillas y lo acaricia.El niño le pone "Freddy".
c)
Lo visitamos varios días a la semana, esquivando horarios, guardias y rieles letales.
Con el niño (al que llamaré niño, por motivos que no explicaré en este momento), realizamos una serie de descubrimientos:
- Él Freddy está hecho completamente de pelo. No hay huesos, no hay carne. No intentaré insinuar que no había algo como un cerebro o corazón, simplemente porque me parece de mal gusto.
- Gusta de pelusas, monedas de 10 pesos y todo lo que el tren lleve a la mesa.
- Su plato favorito son las bolas de pelo.
- A medida que come bolas de pelo, el Freddy crece. Es como si las adjuntara a si mismo.
Lo último, eventualmente, pasaría a ser un problema.
d)
Él Freddy habla.
Maneja un español fluido, elegante; soberbio.
Un ingles medio, superior al mío, al de Lucho Jara, casi igual al del niño.
Sabe más chuchadas que cualquier persona que conozca.
Tiene conocimientos de literatura contemporanea, enología, ornitología, mecánica y otras 174 disciplinas.
Recuerda la dictadura, los mundiales y hasta la maratón de Hora de Aventura que vio el sábado.
El Freddy, por cierto, no tiene tele.
Y no tiene, tampoco, más de algunos meses de vida.
e)
Caminando por el andén, el niño se me acerca y me dice despacito, como si se tratara de algún secreto:
- Él Freddy se come los recuerdos de las personas.
- ¿Cómo?
- Por los pelos po', tonto.
f)
Más tarde, es él mismo Freddy quien lo explica.
Resulta que, según él, los cabellos guardan cosas, de sus antiguos portadores.
Memorias, palabras, momentos, habilidades; dolores.
Y todo aquello va a parar donde él Freddy.
Así, aquella criatura que parecía perro había terminado por convertirse en una especie de deidad subterranea.
Había sido tanto un amante voraz como una viuda solitaria; sanó malestares en las poblaciones y asesinó perros callejeros con veneno para ratas; había amado y había sufrido la inevitable incorrespondencia; vivió las adicciones más fuertes, probó las drogas más duras, entregó su alma a dios.
Había abandonado todo lo abandonable; escuela, casa paterna, universidad, los innumerables huérfanos y huérfanas de la capital.
No existe, por decirlo de un modo más simple, experiencia que no cruzara las hebras que lo componen.
El hombre más listo y más viejo y más tierno y más cruel y más triste y más sabio y más joven no era hombre, y pasaba las noches en silencio, acurrucado como un ovillo entre los rieles de una estación terminal.
g)
"Me siento, con total seguridad, capaz de superar adversidades: ráfagas de depresión, vacíos existenciales, pérdidas fulminantes en cualquiera de sus formas. Sería poco honesto, sin embargo, no admitir que la sobrexposición a la naturaleza humana también ha terminado por someterme a lo más deplorable y nauseabundo de si misma, a la contraposición de experiencias, ideologías, credos o cualquier otra viga de contención humana. Y no puedo encontrar mal, no puedo encontrar verdad. No me veo capaz de callar ninguna de las voces. Me he vuelto un ser relativo, un simple manojo de pelos, un garabato a la distancia".
Aquello fue de lo último que me dijo él Freddy.
A la semana siguiente una extraña noticia circuló la capital.
En cierta estación, segundos antes que el tren imparable la deshenebrara, una enorme bola de pelos emergió de los rieles.
Millones de cabellos solitarios volaron por la estación.
Algunos afirman haber escuchado un grito, similar al aullido de un perro siendo arrollado.
h)
Al niño lo veo de vez en cuando.
Lo pillo en la estación, tirando pelusas y monedas a los rieles.
No se le ve feliz, pero pareciera que lo entiende.
Mejor que yo, pareciera.
Jamás conté a nadie lo sucedido, no esperé que alguien lo creyera.
Pero lo innegable, aquello que nadie puede desmentir, es que diariamente se reúnen en el suelo miles de cabellos caídos.Hebras vagabundas se entrelazan, enrollan, acarician y acoplan.Orgías velludas se arrastran desde el primer al último vagón.Cientos de bolas de pelos recorren los vagones del metro.Y la ciudad, por cierto, comienza a percatarse de aquello.Publicado por DAguito De Lefént en 20:07 | Etiquetas: El amor en los tiempos del ébola. | 0 comentarios | Enviar por correo electrónico Escribe un blog Compartir en X Compartir con Facebook |