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  1. Balanza.

    sábado, 7 de septiembre de 2013

    - ¿Te acordai de la Pauli?

    - ¿Que Pauli?

    - La Pauli, la polola del Camilo.

    - Ah ... ¿Que pasa con ella?

    - Nada, es que el otro día hablé con ella y ...

    - ¿Por qué hablaste con ella?

    - No sé, a veces hablamos, eramos bien amigos.

    - Bueno, ¿y que pasó?

    - Me contaba que tenía problemas con el Camilo, que a ratos le daban ganas de separarse.

    - ¿Y se van a separar?

    - No. Entonces como al final de la conversación, yo le dije que a veces uno ponía las cosas como en una balanza.

    - Ya...

    - Y que supongo que eso hacía que uno se bancara las cosas malas en pos de las buenas.

    - ...

    - Y nada, pensaba en que quizás está mal, el tratar el corazón como a una balanza.

    - ¿Una balanza?

    - Si, una balanza, como la de libra, la que sale en el horóscopo que lees los sábados.

    - No leo el horóscopo, nunca he leído el horóscopo.

    - Pero lo entiendes, entiendes lo de la balanza.

    - Si, pero no entiendo que tiene de malo.

    - Que un kilo de plumas y uno de oro pesan lo mismo, pero no valen lo mismo. Que a veces las cosas pueden ser equivalente en cantidad, pero no en valor .. o significado.

    - ...

    - Que cuando el corazón es como una balanza nos hacemos los tontos.

    - ¿Queri decirme algo?

    - No.

    - ¿Por qué mierda nunca eres directo, por qué te das tus vueltas filosóficas y hueá que nunca llegan a ninguna parte?

    - Pero si no intento decirte nada, te estaba contando.

    - Nunca he leído el horóscopo, nunca.

    - ¿Qué tiene que ver eso?

    - Todo. 

    - No entiendo.

    - La raja, entiendes los problemas de todo el mundo, hasta los de tus amiguitas que se están separando, menos los míos.

    - ...

    - ...

    - Te amo.

    - ¿Estás seguro?

    - Se que a veces te hago sentir mal, y hablo cosas que nadie entiende, ni yo, pero tu las escuchas, y bueno, como que me está pasando eso ahora, pero tu entiendes, discúlpa, te amo.

    - Yo también.

    Se abrazaron, y al rato se quedaron profundamente dormidos. De pronto, en silencio, la cama comenzó a hundirse en uno de los extremos, mientras que el otro, lentamente, parecía elevarse.

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