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  1. Ni una.

    Ni su nombre
    Ni su edad
    Ni como está
    Ni de donde viene
    Ni si le gusta con o sin hielo.

    Nada, los culiaos.

    Pero le gritan, si, le gritan.

    Que es bien maricón, que por qué no deja el pórtico, que corte el hueveo.

    Y él, que igual debe ser medio hueón, los mira desde su trono
    los mira como si entre aquellos y el pórtico hubieran tiempos espacios y dimensiones
    y los putea.

    Nadie habla de las mañanas frías donde barre el pórtico
    aquellas donde arrastra las colillas hasta el abismo
    donde deja su mundo reluciente y lo pisa y lo quiere
    porque no hay nada más allá.

    Como en los viejos cuentos de piratas
    esos donde la tierra es cuadrada y al final hay un abismo con monstruos.

    Tampoco saben de las noches que lo intenta
    (abandonar el pórtico, me refiero)

    Se venda los ojos y camina los tristes cinco escalones
    uno
    dos
    tres
    tres
    tres
    cuatro.

    ...

    Quita la venda y se encuentra en el principio.

    Y es que la vida, piensa, no es muy distinta.

    Viviéndola a oscuras.

    No hablan sobre esas tardes donde lloraba como una puta
    donde abrazaba su pórtico y le susurraba preguntas
    donde se calmaba después de oír las respuestas
    y lo abrazaba y lo abrazaba y lo abrazaba

    ¿Alguno supo de esa mina,
    la que iba al pórtico?
    La que parece que le daba la pasada.
    La que le preguntó por qué no dejaba aquél pórtico
    La que escuchó un ¿qué hay de grandioso en ese mundo?

    No, no cachan.

    No sospechan que de cierta forma, todos tenemos nuestros pórticos.

    Y que, de esa misma forma, no los dejamos, porque tenemos miedo de dejarlos.

    ¿Por qué el Chico del Pórtico no deja su pórtico?
         Porque tiene miedo de dejarlo.

    Aquello, es lo único que sabemos

    De él, de nosotros y del mundo.

    Así de triste.

    No saben niuna hueá del Chico del Pórtico.

    Yo tampoco.
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