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  1. Instrucciones para armar al robot.

    sábado, 2 de mayo de 2015

    Ellos necesitaban un ensamblador.

    Yo necesitaba el dinero.

    Puede sonar vacío, o hasta falto de profundidad, pero es parte de las verdades que rondan el relato.

    Sobre estas mismas verdades, se vuelve necesario señalar otra:
    lo componen mentiras fundamentales.

    Engaños que encandilan certezas.

    Ficciones astutas disfrazadas de farol, aguardando silenciosas en la quietud de las esquinas.

    Ellos necesitaban un ensamblador.

    Yo necesitaba el dinero.

    Así, sin tener claro cómo, me vi enredado entre un montón de piezas metálicas y un manual de instrucciones compuesto por trijillones de signos, dígitos e idiomas con los que me negué a coquetear.

    Las partes del robot eran tantas o más que las mías.

    Cualquiera, ante semejante cantidad, hubiera dudado de Dios.

    Habría llegado a la inevitable conclusión de que su tarea fue ligera y de poca exigencia, que vinimos en cajas con letras grandes y coloridas, como juguetes para niños de 5 a 6 años.

    Fue así como me compliqué.

    Pasé noches de desvelo observando el reflejo de constelaciones completas en las extremidades metálicas.

    Sufrí angustiosos temores cuando creí haber perdido él húmero izquierdo.

    Agoté hasta mis últimas ganas conectando arterias de cobre.

    A ratos, incluso, pensé que podría lograrlo.

    Que existía un chance de que fuera un buen ensamblador.

    Un buen algo.

    Fue evidente, sin embargo, mi error en esas apreciaciones.

    No era un buen ensamblador.

    Ni un buen alumno.

    Ni una buena pareja.

    Ni un buen cineasta.

    Ni un buen escritor.

    Era un medio-todo, con un robot a medio armar, faltando una pieza fundamental a escasos días de la entrega:

    El apéndice.

    El componente inútil de la biología humana.

    Lo anunciaba el manual: el apéndice viene por separado.

    Gasté mis últimos pesos en comprar el puto apéndice, y esperé a que Ellos llegaran.

    ¿Recuerdan, entonces, cuando hablé sobre las mentiras fundamentales?

    Resulta que jamás me compliqué.

    No temí el extravío del humero izquierdo.

    Me negué, rotundamente, a agotar lo poco que quedaba de cableando arterias y ventrículos metálicos.

    Fui incapaz de imaginar un mundo donde fuera capaz.

    Entonces dije a la mierda.

    A la mierda los pronósticos.

    Los casi.

    Los aspirantes.

    Los prospectos.

    Las vías de desarrollo.

    A la mierda.

    Arranqué mi apéndice junto con todos los márgenes.

    Me fui vaciando a fuego lento, colocando el apéndice en su lugar, ajustando las últimas tuercas entre manchas rojizas.

    No logré contemplar su despertar.

    Abrí los ojos, enfrentándome con mi creador, disuelto allí en el suelo sobre su sangre, susurrando una sonrisa victoriosa.

    ¿Recuerdan, entonces, cuando hablé sobre las mentiras fundamentales?

    ¿Los engaños que encandilan verdades?

    ¿Las ficciones astutas disfrazadas de farol?

    Ellos nunca vinieron por mi.

    Cargo un apéndice ajeno.

    Un hombre apagado con una terrible fuga de plasma me hace compañía, sin darme respuestas.

    Yo soy él Robot.

    Él Casi Robot.

    Aguardo con tristeza silenciosa.

    Huérfano de expectativas en la quietud de mi esquina.

    Entendiendo que no hay manual que vaya a darme explicaciones.

    Rogando por mi creador, porque ahí en su suspensión haya llegado a las mismas conclusiones.

    Y escribo, escribo despiadadamente desde mi alma o mis pies o mi estómago.

    Con la certeza de que ningún manual ni libro ni sagrada escritura contiene las respuestas.

    No de las que valen.

    No las que te salvan.

    No de las tuyas.

    Aquellas solo las encontrarás escribiendo.

    Aquellas solo vendrán desde ti.

    Desde tu parte estúpida.

    Tu inutilidad.

    Tus entrañas.

    Tu apéndice.

    Solo así podrás avanzar sin volverte loco en el intento.

    Solo así no te desangrarás por un poco de sueldo o amor
    -o cualquier otro tipo de migajas-,
    a contrarreloj.

    Solo así, finalmente,
    y de manera completa
    podrás armar al Robot.

    Y de paso,
    a ti.
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