Rss Feed
  1. Cupido.

    viernes, 14 de febrero de 2014

    - ... Despierta.

    - ...

    - No te gusta el hueveo ?

    Está oscuro.

    - ... Que ?

    - Despierta hueón !

    Un golpe en el estomago, uno bueno, yo escupo.

    - Arriba, De Lefént, quiero ver esa sonrisa coqueta -se ríe.

    Las cosas se empiezan a aclarar un poco, pero no tanto, porque estoy en un cuarto oscuro, con una luz colgando arriba mío.

    Me golpean de nuevo, y esta vez distingo al que lo hace, parece una estatua griega, tiene facciones finas, y el cabello rubio y risado. Intento hacer algo y me doy cuenta que tengo las manos atadas a la silla, y los pies, y de que hay una silla.

    - Quien eris ?

    - Vamos, como tan inculto, y mal agradecido el hueón más encima.

    - Un nombre.

    - Adivina.

    - Se me ocurren varios que quisieran amarrarme y sacarme la chucha, pero ninguno tan hueón para usar pañales.

    Otro golpe, en la cara, y siento los nudillos incrustándose en el puto cerebro.

    - No es un pañal ! Porqué mierda todos creen que es un pañal ?!

    - ...

    - Soy Cupido, y vine a saldar cuentas.

    - Que cuentas ?

    - A ver ... -saca una carpeta gruesa de la nada, y se pone a hojear, está usando lentes-, según los archivos, Señor De Lefént, usted se ha portado como el culo en los últimos años.

    - Son puros cuentos de por ahí, yo le aseguro que yo no fui.

    Otro en el mentón.

    Del archivo saca una foto, y la pone frente a mi, es una mujer, una que me quiso.

    - Enserio ? Hueón que mierda yo tenía como 13 años.

    Otra foto.

    - Ella quiso terminar.

    Otra.

    - Nunca supo.

    Otra.

    - Bueno ella si supo, pero ahora somos amigos.

    Otra.

    - Bueno ahí si las cagué un poco.

    - ...

    - Harto, las cagué harto, pero a que va esto ?

    - A que hoy tengo mas trabajo que la mierda, Señor De Lefént, pero por culpa de hueones como usted, cada año es más difícil lograr flechar parejas, así que le tengo una oferta.

    - ...

    - Haga mi trabajo, solo por hoy.

    - O si no ?

    Se acercó.

    - Te arranco el corazón con una maldita flecha, literalmente.

    Así que manos a la obra.

    Me puse el pañal-no-pañal, tomé el arco y algunas flechas, y recorrí Santiago.

    Fleché a un viejo chicha con la señora del quiosko.

    Al guardia del metro con una pelolais rica y con zapatos caros.

    A los perros de la plaza que estaban fornicando, y siguieron fornicando.

    A un hueón que estaba solo en una banca leyendo un libro de Bradbury, con una mina sola que estaba al otro lado de la calle, leyendo una novela de la Isabel Allende.

    Y con semáforo en rojo, se encontraron en medio de la calle, y se dieron el beso mas tierno que ha visto Santiago.

    Pasaron las horas y las flechas, y mi trabajo ya estaba terminado.

    Me compré una chela, y me senté a mirar a las parejas y los restos de globos, flores y papeles de regalo que inundaban las calles.

    - Lo hiciste bien, para ser la primera vez.

    Era Cupido, y ahora llevaba un terno Armani.

    - Una chela ? -pregunté.

    - No gracias, solo tomo Corona.

    Se quedó en silencio.

    - Entonces estamos listos ?

    - Mmm ... Si, déjame el resto a mi.

    - Toma, me sobró una flecha.

    - ... Quedatela, te podría servir.

    - Bueno, chao Don Cupi, no me huevee nunca más, por favor.

    - Nos vemos, Señor De Lefént.

    Entonces me marché, y pensé en todas las fotos que me mostró Cupido, en el desamor, en los perros fornicadores, en el peso de la soledad, en que con esta flecha podría tener a la mujer que yo quisiera.

    Volteé, tomé el arco, apunté con la vida.

    Y la flecha se disparó, enterrándose directamente en culo de Cupído.

    Gritó.

    - Pa que no huevee nunca más -murmuré

    Jamás lo he vuelto a ver.
    |


  2. El Hombre Nuclear.

    jueves, 13 de febrero de 2014

    Pensé en destruir el mundo una vez.

    Y otra vez.

    Y varias otras

    Pero pensé en destruir el mundo una vez, y llegué más lejos esa vez.

    No quiero explicar los motivos.

    Simplemente me levanté un día con aquella idea en la cabeza, y cuando uno despierta con una idea en la cabeza, solo queda hacerla, o volverse loco, o ponerse a tomar cerveza.

    A mi no me quedaba ninguna cerveza.

    Y la locura era un enemigo demasiado recurrente como para que representara un problema.

    Fui a la feria, y la vi sobre una manta, con unos juegos de mesa, unas poleras rotas y unos juguetes del Mc'Donalds.

    - Cuanto cuesta ?

    - Que cosa ? -dijo la vieja.

    - La "Atómica Oppenheimer para Principiantes y Hueones Deprimidos"

    - Ah ... No sé, dos lucas, y por tres te llevai el monopoly.

    Le pasé dos y me fui a mi casa, compré tomates.

    La armé en hora y media.

    No sé porqué a los rusos les costó tanto, solo había que leer el manual.

    Puse un alargador, enchufé el reactor nuclear, y entonces estuvo lista.

    Mi bomba átomica.

    Ahí, en el patio, al lado de una pelota desinflada y unos dinosaurios de mi primo.

    La miré por horas, y me fumé una caja de hilton.

    - Me he convertido en La Muerte, Destructora de Mundos -recité en voz baja.

    Terminé el último cigarro y me paré frente al botón rojo.

    Si, venía con un botón rojo, grande, redondo y rojo, de esos a prueba de hueones.

    Entonces no se que pasó.

    Si fueron los tomates.

    O los dinosaurios.

    O el granito de fe que me quedaba.

    Pero no pude apretar el botón.

    Y es que al final, no era a prueba de hueones.

    Y sentí pena por Oppenheimer, por ese hombre alto y delgado y fumador que vivió sin ninguna esperanza de que la culpa lo abandonara un día.

    Pero no la pude desarmar.

    Oppenheimer no incluyó el desarmado en las instrucciones.

    Enterrarla hubiera sido mucho hueveo.

    Era demasiado tarde para desenchufarla.

    Así que la comí.

    Le puse huevos revueltos y un poco de merkén, y me la comí.

    Ahí sigue.

    Radiactiva y peligrosa e impaciente.

    Con ganas de explosión, cenizas y un fin.

    Por eso los milicos rodean mi casa.

    Y mi nombre aparece en los archivos de la CIA y la ONU y la UDI.

    Osama y Obama me invitan a carretear y me ofrecen maracas.

    Por eso me encerré en mi casa, y renuncié a las ganas y a la vida y al amor.

    Por eso nadie debe acercarse.

    Para evitar el botón.

    La culpa.

    La explosión.
    |


  3. Una cuchara.

    martes, 4 de febrero de 2014

    Al niño le costaba caminar.

    Había aprendido a hablar con una facilidad destacable, pero le costaba caminar.

    Así que un día, entre por azar y por fe y por intentar y por hueveo, una tía le pasa una cuchara y un tenedor.

    El niño camina.

    Se estabiliza en los cubiertos, y los aferra de la misma manera en que un niño se aferra a cualquier cosa: con la vida.

    "Es la única manera de aferrarse a las cosas", piensa el niño, décadas después, en un hostal en Puerto Natales.

    Con los días suelta el tenedor.

    Pero nunca la cuchara.

    Se la quitan, y el niño no llora, pero no camina.

    Nadie logra entenderlo.

    Alguien menciona algo sobre dependencia sicológica, pero eso no le sirve al niño, que no entiende de dependencias sicológicas, ni del mundo, ni de la vida sin una cuchara.

    Eventualmente la cuchara se pierde.

    Como la niñez, como la memoria, como los primeros besos, los mejores amigos y los juguetes favoritos.

    El niño crece.

    El niño, eventualmente, también se pierde.

    Como los sueños de revolución, como las ganas de escribir, como la fuerza para levantarse, como las relaciones para siempre.

    "Es la única manera de aferrarse a las cosas", piensa el niño, décadas después, en un hostal en Puerto Natales.

    Entonces se acuesta.

    Comienza la lluvia

    Se acurruca pensando que mañana puede ser mejor.

    Y bajo la almohada, guarda una cuchara, esperando que amanezca.
    |