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  1. Una cuchara.

    martes, 4 de febrero de 2014

    Al niño le costaba caminar.

    Había aprendido a hablar con una facilidad destacable, pero le costaba caminar.

    Así que un día, entre por azar y por fe y por intentar y por hueveo, una tía le pasa una cuchara y un tenedor.

    El niño camina.

    Se estabiliza en los cubiertos, y los aferra de la misma manera en que un niño se aferra a cualquier cosa: con la vida.

    "Es la única manera de aferrarse a las cosas", piensa el niño, décadas después, en un hostal en Puerto Natales.

    Con los días suelta el tenedor.

    Pero nunca la cuchara.

    Se la quitan, y el niño no llora, pero no camina.

    Nadie logra entenderlo.

    Alguien menciona algo sobre dependencia sicológica, pero eso no le sirve al niño, que no entiende de dependencias sicológicas, ni del mundo, ni de la vida sin una cuchara.

    Eventualmente la cuchara se pierde.

    Como la niñez, como la memoria, como los primeros besos, los mejores amigos y los juguetes favoritos.

    El niño crece.

    El niño, eventualmente, también se pierde.

    Como los sueños de revolución, como las ganas de escribir, como la fuerza para levantarse, como las relaciones para siempre.

    "Es la única manera de aferrarse a las cosas", piensa el niño, décadas después, en un hostal en Puerto Natales.

    Entonces se acuesta.

    Comienza la lluvia

    Se acurruca pensando que mañana puede ser mejor.

    Y bajo la almohada, guarda una cuchara, esperando que amanezca.
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