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  1. Magdalena.

    sábado, 26 de febrero de 2011

    Hace no mucho tiempo en un lugar no muí lejano vivía un pequeño niño. El era un niño como cualquier otro, pero tenia algo en particular, le encantaba mirar la luna. El sol comenzó a ser el que le decía cuando dormir, pues la noche era solo para adorarla, para mirarla, para gastar sus horas en ella. Un día el niño fue a preguntarle a su sabio abuelo:

    - Abuelo, porque no puedo dejar de mirarla ?

    Y su abuelo le contesto:

    - Creo que te enamoraste.

    Desde ese día, nunca la pudo mirar como antes. Sabia que su abuelo tenia razón, ahora ya no la miraba solo con encanto, la miraba con cariño, con amor. Pero como todo enamorado, empezó a necesitarla, ya no quería solo verla de lejos, quería estar con ella y por segunda vez, acudió a su abuelo:

    - Abuelo, quiero que sea mía.

    Su abuelo sin pensarlo mucho le contesto:

    - Acércate a ella.

    Entonces el pequeño niño que ya no era niño, sino que todo un adolescente, comenzó a construir una nave espacial que lo pudiera hacer llegar a su amada. Trabajo todas las noches bajo la luz de su amada, y cuando sentía que ya no podía mas, solo miraba al cielo y recordando porque hacia esto, continuaba con su trabajo. Cuando hubo terminado, ya era todo un adulto. Luego de despedirse de su querido abuelo, monto su nave y fue por su amada.

    Nadie supo cuanto tiempo fue, ni que fue, pero cuando el joven volvió, ya no era el mismo de antes.

    Un día mientras caminaba se encontró con su abuelo, el cual ya disfrutaba de sus últimos días, y esta tercera vez, no fue el quien hizo la pregunta, sino su abuelo:

    - Que fue lo que paso ?

    Y el joven entre sollozos le contesto:

    No lo se abuelo, pero cuando llegue no era lo mismo, toda mi vida la seguí, y cuando porfin llegue, ya no podía ... ya no podía quererla.

    Mientras el joven se lamentaba entre sus lágrimas el abuelo medito y luego de un suspiro le contestó:

    La luna para ti era lo mas hermoso, te encantaba mirarla y adorarla, pero cuando llegaste a ella, te diste cuenta que ya no podías quererla, porque ya no podías mirarla. Ese es el encanto de cualquier romance, mientras mas lejos estés, mas te atrae, pero cuando te acercas lo suficiente, te das cuenta que nunca lo tendrás, como a tu luna.

    El joven escucho a su abuelo, lo abrazo, y subió a su nave, comenzando un viaje del cual nunca nadie supo el fin.
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