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  1. ¡Era broma!

    martes, 25 de junio de 2013

    Caminamos en dirección a un Mall que quedaba cerca, con la simple intención de comer unas hamburguesas, sin importar cuales fueran.

    - Oye -dijo Ele-, se te desamarraron los cordones.

    Yo no estaba muy lúcido, y tampoco me importaba mucho, por lo que seguí caminando y maravillándome con la ausencia de estrellas que regía en la ciudad.

    Algo parecido nos debe pasar a nosotros, pensé.

    - Ya cabros, tengo 3 lucas pa las hamburguesas -dijo Ele.

    - Soy bien mentiroso hueón, antes dijiste que teníai 5, cuando lleguemos te va a quedar luca -le gritó Jota.

    Ele rió fuerte, y lo dijo por primera vez:

    - ¡Es broma!

    Reímos, sacamos 1 cigarro para los tres, no teníamos fuego, volvimos a reírnos.

    - Oye ... no tengo los cordones sueltos -dije, sorprendiéndome de mi propia voz, pues la verdad no recuerdo bien el momento en donde me percaté de ello, ni menos el momento en que decidí decirlo.

    - Era broma, hueón.

    Volvimos a reírnos, y entonces las cosas se volvieron extrañas.

    Y lo extraño no fue lo que ocurrió a continuación, si no el hecho de la broma en si: caminábamos, pasaba algo, Ele decía que era una broma, nos reíamos, y volvíamos al principio.

    Incluso -sin ninguna evidencia científica que me acompañe- puedo asegurar que el camino se hacía cada vez mas largo, resultando todo cada vez mas parecido, como cuando en los Picapiedras corrían una y otra vez sobre el mismo fondo.

    - ¡Encontré el fuego! -gritó Jota, de una forma que mas allá de ser un descubrimiento, pasó a ser nuestro canto, nuestro grito de guerra, la proclamación última de nuestra victoria-, pásame el cigarro mierda.

    Lo busqué entre mis bolsillos, en mi oreja, y por si acaso, en un calcetín.

    - No lo tengo. 

    Nos detuvimos, nos miramos. Aquí no estaban las estrellas, no había gente en la calle: un cigarrillo se había perdido en la ciudad, y lo había echo sin dejar rastros, ni pistas que jugaran a nuestro favor.

    - Yapo mierda, quien tiene el cigarro.

    Su cara cambió: parecía una explosión. Poco a poco, y por tercera vez, lo dejó escapar.

    - ¡No hay cigarro, era broma!

    Nos reímos, pero fue corto, y seguimos caminado, aceptando la broma.

    - Oye -le dije a Jota-, pásame ...

    Me di cuenta: Jota no estaba.

    - ¿Y el Jota?

    - ¿Que Jota? -dijo Ele, riendo.

    - Yapo, donde se escondió.

    - ¿Que Jota hueón? -esta vez, un poco enojado.

    - El Jota.

    Entonces su risa volvió a estallar, y dijo:

    - ¡No hay Jota hueón, era broma!

    Intenté pensar en su rostro, en ese rostro que conocía hace mas de 15 años, pero no lo recordaba.

    De pronto estábamos caminando, no recordaba cuando retomamos el paso: no entendía. 

    - ¡Que chucha!, de cuando el Mall está tan lejos -pregunté.

    - No hay Mall acá, era broma.

    - No me hueís.

    - Pero si es enserio, ¿lo ves?

    Era cierto: allá no había nada, y no era ningún tipo de metáfora. Las luces, los autos, la gente, todo se había vuelto un doloroso silencio que no dejaba de sonar en mi cabeza . Me detuve, sabía que debía detenerme, pues al final de la calle podía encontrar el fin, el fin de todo, un gran abismo del cual no había vuelta.

    - Pero si ... si íbamos a comer, a comer hamburguesas ... teníamos hambre.

    - No teníamos hambre ahueonáo, ¡era broma!

    Su risa llenó el vacío, serpenteó por los cables del tendído eléctrico que quedaban a nuestra espalda, se comprimió para llenar cada grieta en el suelo, y vibró, vibró hasta mover todo lo que quedaba del mundo.

    Era broma, todo era broma.

    Debí verlo, notarlo en el cielo.

    La ciudad.

    El camino.

    El dolor.

    El hambre.

    Las memorias.

    La vida.

    Cae el telón.

    No hay aplausos, solo risas.

    Era broma.
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