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  1. Sobre un enemigo que necesitamos.

    domingo, 19 de febrero de 2012

    Cada cierto tiempo, mis padres me llevan a San Antonio. Allá viven mis abuelos y a pesar de que cuando voy a visitarlos prácticamente no hago nada, es algo que realmente me agrada.

    Cuando era mas pequeño, no me gustaba mucho ir, porque siempre estaba solo. Me preguntaban porque no salía a hacer amigos o algo así, pero la verdad es que era muy tímido para eso, y fui aceptando a la soledad como compañera.

    Con los años dejó de importarme la soledad. Dejó de ser un latente temor (temor, que a mi parecer, habita en los corazones de todos cada cierto tiempo), y la visita, junto con la sensación de soledad, se trasformó en algo placentero, donde normalmente me desconecto de todo, y termino de leer algún libro.

    Hace algunos días, yo me encontraba medio dormido leyendo en el sillón de mis abuelos ,cuando mi madre me llamó.

    - Hijo, ven un poco.

    - ¿Que pasa?

    Ella se encontraba afuera con mi abuela y una tía, y desde donde yo me encontraba se podía escuchar otra voz.

    - Es que está una prima mía y quiere conocerte.

    Me levanté tratando de arreglar la cara de culo que tenía, y cuando salí, vi a una señora con un niño a su lado.

    Eran la prima de mi madre y su hijo, Juanito.

    - Yo te vi en la mañana -le dije a Juanito.

    - No sé...

    - ¿Llevas puesta una polera del Rey Misterio, no?

    Cuando lo dije el movió ambos brazos que tapaban su pecho, y dejo ver su polera donde aparecía imponente el falso luchador, mientras en su pequeño rostro se dibujaba una sonrisa enorme.

    - ¡Si!

    Y yo le sonreí.

    Me quedé un rato mas por cortesía, pero ademas, algo extraño ocurría con Juanito, sentía que el no era normal, y mi atracción por la gente extraña siempre ha sido una de mis cualidades.

    - Igual me da lata por el Juan, porque pucha ... acá no tiene amigos -decía su mamá, con el niño entre sus brazos.

    - Es que acá vivimos puros viejos -dijo mi abuela.

    - Si po'. Osea, ahora se junta con un niñito, pero no me gusta mucho. La otra vez el Juan llego diciendo que lo había ahorcado y como que quedó con miedo. Yo le diría que no se junte con el, pero como no tiene mas amigos...

    Todas comenzaron a hablar, a comentar sobre el horrible bullying que acontecía al mundo, a ese que siempre a existido pero ahora es mas terrible por aparecer en internet, y desde los brazos de su madre, rozando el silencio, Juanito dijo algo que nadie se preocupo de oir:

    - Me gustaría que el Rey Misterio fuera mi amigo.

    Y su mirada se perdió en el cielo, soñando que luchaba junto a su gran héroe.

    Al rato, yo me acerqué a Juanito.

    - ¿Tienes un problema con un niño?

    - No es un niño, pero mi mamá no me cree.

    - ¿Y que es?

    - No sé, pero me ahorca, aveces me desgarra algunas partes, pero no deja heridas, y nadie me cree.

    Pensé un instante.

    - ¿Te gustaría que el Rey Misterio te ayudara?

    Los ojos de Juanito emanaron una luz que yo no veía desde hace tiempo, y luego de afirmarme que le encantaría, yo le prometí que su héroe esteroídico se presentaría mañana en la plaza que había frente a su casa.

    Juanito se fue a ver la lucha libre, yo a acostarme, y a pensar en la estupidez que había prometido.

    Tuve que levantarme a las 9 de la mañana a recorrer las tiendas del centro buscando una mascara del Rey Misterio, y dos horas después, cuando lo había logrado, mi aspecto aun no lucía como el de un gran luchador.

    Cuando llego la hora del encuentro, me puse mi traje, y salí a la plaza, donde Juanito me esperaba.

    - ¡Cachen al Kinikuman cagao de hambre!

    Le decía un flaite a sus amigos, pero yo seguía con mi misión. Cuando llegué hasta Juanito, el me recibió con la gran admiración que yo esperaba.

    - ¿Y tu quien eris?

    - ¿No me conoces?, soy el gran luchador, el Re...

    - Si te conozco, pero estay un poco ... flaco.

    - Es que estoy de vacaciones, la próxima semana vuelvo al gimnasio.

    - Mmm ...

    El niño no era estúpido y en un momento hasta pareció aceptar todo como lo que era: un intento de buen gesto. Pero entonces ocurrió algo.

    - ¡Mira, el es el que siempre me ahorca!

    Al mirar en la dirección que indicaba Juanito, distinguí a un niño muy parecido a el, solo que un poco mas grande.

    - Pero tu mamá tenía razon, es solo un niño.

    - No es un niño -añadió con desesperación-, mira ... mira bien.

    Entonces pude distinguir los profundos ojos del niño. Sus ojos irradiaban un frió envolvente, y en su caminar se mostraba algo verdaderamente aterrador, algo ... algo que no era humano.

    - ¿Que es eso?

    - Eso dice que todos lo conocen -dijo Juanito, con una voz que no sonó tan aterrada como la mía-, pero que nadie lo quiere.

    De la nada, Eso se movió con una velocidad monstruosa hasta aparecer frente a nosotros. Se dirigía hacia Juanito, y con la poca conciencia que poseía en el momento, logre colocarme frente a el, obstaculizando su camino.

    - No ... -mi voz temblaba-, no te acerques.

    Se movió con paso inhumano por mi lado. Yo no había ni alcanzado a parpadear, a mover un solo musculo, a articular palabra alguna. La velocidad con que Eso se movía era aterradora, y yo no estaba logrando nada por defender a Juanito.

    Se colocó frente a el y lo levanto en el aire con sus pequeños y monstruosos brazos.

    Lo ahorcaba.

    Juanito intentaba gritar, intentaba moverse, pero Eso no se lo permitía. Quizás hasta de llorar trataba, pero ni sus lagrimas tenían el valor de asomarse a la espantosa escena.

    Comencé a desesperarme, la rabia movió mi cuerpo. Dirigí una mano hacia el hombro de Eso, con el fin de apartarlo hacia atrás, de que soltará a Juanito. Cuando logré tocarlo, sentí algo horrible.

    Un escalofrío descomunal recorrió mi cuerpo. Cada pelo del mismo se erizó por completo. No veía nada, pero sentía como no lo hacia hace tiempo.

    El desgarro en la piel, el nudo en la garganta, el frío en la espalda, el ardor en el corazón. Todo tenía un sabor familiar.

    - Yo ... yo te conozco.

    Eso ya no tenía forma humana. Era solo una sombra que me levantaba por los aires apretando mi cuello. A pesar de su aspecto abstracto, estoy seguro de que alguna parte de el llevaba una enorme sonrisa, una sonrisa de satisfacción.

    El dolor era cada vez peor. Era un dolor extraño, un dolor que se metía dentro tuyo, que corría por tus venas, y dejaba salir a todo lo demás, para darse espacio a si mismo.

    Yo perdía la conciencia, y no se que hubiera sido, si no hubiera aparecido una voz.

    - ¡Sueltalo!

    Eso se volteo, y Juanito le gritaba.

    - ¡Suelta a mi amigo, tu problema es conmigo!

    Entonces Eso se dirigió hacia Juanito. Se volvió una nube negra que lo envolvió, entro en el, y desapareció. Yo quedé en el suelo, con el pequeño Juanito sentado a mi lado, preocupado por mi condición.

    - ¿Estas bien, Rey Misterio?

    - Si Juanito, gracias por salvarme.

    - No entiendo, ¿que pasó?

    Yo le hubiera explicado todo, pero me limité a decirle que me había salvado.

    Y es que el debía descubrir por si mismo, que acababa de vencer a la soledad. Y la soledad, no es algo que se venza con la ayuda de otro: nadie nos puede ayudar a vencer nuestra propia soledad. Sino que se derrota solo -aunque esto parezca paradójico-, entendiéndola no como un otro, sino como una parte misma de nuestro ser, una que reclama cariño y tiempo para si misma, para nosotros.

    Y que por medio de ella, solo de ella, descubrimos algo sobre nosotros, algo que solo el tiempo y el dolor revelan a nuestros corazones, que nos embellece, y nos vuelve mas fuertes, quizá casi tan fuertes, como el Rey Misterio.
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